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UN CHICO DEL BARRIO

  • 5 feb
  • 5 Min. de lectura

Recuerdo ver a Carmelo marcharse a bailar, con su grupo de Jota, que pasaba a recogerle por su calle siendo un chaval. Yo debía tener un par de años menos que él, pero ese salir del barrio y ese deseo de aprender y conocer y romper fronteras, también mentales; ese deseo de ir siempre más allá, primero al otro lado de una tapia, después al otro lado del río, de la ciudad, de tu país y cuanto más lejos mejor, fue siempre coincidente con el mío. Y es que esto forma parte del corazón mismo de nuestro oficio, sea a través de un instrumento, de la voz, o como en el caso de Carmelo, de la danza. Nada hay que pueda detener el etéreo viaje de la música.


Este verano se van a cumplir 50 años del día en que decidí formar mi primer grupo de rock - al que llamamos Zen - junto a algunos de los amigos con quienes había estado jugando en la calle hasta ese momento, al taco, a la taba, o al fútbol, en aquel incipiente Barrio de La Jota de mediados de los años 70. Éramos unos críos, en mi caso de 12 años, pero justo era un tiempo en que la cosa se iba complicando con las bandas juveniles, que aparecían de repente por cualquier lugar, para atracarte o, simplemente, joderte la vida un rato. Ese era un estado de tensión al que estábamos totalmente acostumbrados. Luego en los 80 llegó la heroína, como una epidemia generalizada, que en toda España golpeó en todos y cada uno de los estratos sociales, más en los más humildes, claro, pero nadie se libró, daba igual familias pobres, que ricas. Las innumerables bajas, entre los jóvenes, fueron como las de una guerra.


Ese fue en buena parte - es un decir lo de “buena” - el panorama social de unos años que, en no pocas ocasiones, son recordados pintados de colores, alegría y fiesta generalizada, pero los chicos de barrio no los vivimos así. Pero, aun así y todo, y a pesar de los abismos interiores que cada uno pudiéramos tener, el grupo de amigos que, desde muy niños, habíamos vivido por y para la música, fuimos felices. La música nos salvó, sin ninguna duda, y nos ha seguido salvando hasta el día hoy, estoy seguro de ello. Una vocación es un buen agarradero para sobrevivir, en todos los ámbitos de la vida.


Así que sé muy bien qué cosa es una vocación, como la que desde niño siempre tuvo ese chico distante, Carmelo Artiaga Mialdea, que con el tiempo fue cobrando más y más distancia y no solo de un modo metafórico, sino una distancia bien real y seguro que buena para él, para su familia y para el arte.


Pasaron muchos – veintitantos - años, sabiendo de vez en cuando por la prensa, o por la gente del barrio, de los logros artísticos cercanos, lejanos y muy lejanos de Carmelo. Pero nunca habíamos coincidido, ni hablado, nunca, hasta que la Asociación de Vecinos del barrio decidió poner el nombre de nuestro grupo, Distrito 14, al nuevo Centro Cívico en la Plaza de la Albada. Eso fue tras nuestra disolución en 2008, después de bastantes años en que, casi todo el tiempo, habíamos estado también lejos de casa.


El acto de inauguración fue muy sencillo, emocionante en su justa medida, fue de verdad. Descubrimos la placa conmemorativa los que quedábamos en el grupo en ese momento, bueno, desde hacía ya unos cuantos años: Enrique Mavilla y yo. Ahí estuvimos, junto al alcalde, entonces, Juan Alberto Belloch, rodeados de la adorable gente de la Asociación del Barrio, que habían decidido que nuestra formación y nuestra historia era merecedora de tamaño honor. Y ahí estaba también Carmelo, entre los demás representantes de la Junta de Distrito, a la que entonces él pertenecía. Pero no fue un acto oficial, ni por su parte, ni por la mía, fue como si hubiéramos compartido infancia, juegos y hubiéramos estado en contacto toda la vida.


Desde entonces nos encontramos muchas veces y conversamos largo y tendido sobre lo artístico y lo humano, que ambas cosas deberían ser lo mismo, pero en muchas ocasiones no lo son o, casi diría yo, que a veces son asuntos antagónicos. Pero, ante todo, era una alegría encontrarle y comprobar cómo coincidíamos asombrosamente en algo: Ni él ni yo, habíamos perdido ni un ápice de un mismo sentimiento, proveniente de ese pequeño rincón del mundo en el que crecimos; de un amor por ese barrio que, sin embargo, yo había creído, hasta entonces, que él había vivido de un modo muy distinto al mío.  


Carmelo que, de niño, había comenzado bailando Jota, hasta llegar a ser, por ejemplo, solista del ballet folclórico Nobleza Baturra, también pasó a la danza clásica, aprendiendo entre otros con María de Ávila, o siendo becado durante tres años en la Escuela del Ballet Bolshoi de Moscú. Su destacado curriculum, no solo bailando, sino también como coreógrafo, con su propia compañía, o dirigiendo su academia de danza en Zaragoza, desembocó en su empeño en conseguir para la Jota Aragonesa un reconocimiento justo y necesario. Así que ideó, fundó y fue presidente de la “Academia de las Artes del Folclore y la Jota de Aragón”, dotándola de una emotividad, que yo creo que el folclore aragonés necesitaba, con reconocimientos anuales a ilustres joteros, con el afán de regular la enseñanza del folclore para dotarlo de garantías en su difusión, pero, sobre todo, con su objetivo de que la Jota Aragonesa fuera reconocida como “Bien Inmaterial de la Humanidad”.


Llegó a conseguir para ello hasta el apoyo del Congreso de los Diputados en Madrid y organizó un baile de jota improvisado allí mismo, frente a la Puerta de Los Leones. En fin, hizo muchas cosas fijado en ese objetivo, innumerables, y creó espectáculos inolvidables, como “Un arte llamado jota. De principal belleza” en el Teatro Principal de Zaragoza. La suya ha sido una lucha encomiable.


Me encantaba encontrarme con Carmelo por el barrio y pararnos a charlar un rato. Ojalá algún día se consiga ese reconocimiento que, siempre, él ha querido para la Jota Aragonesa: Por la Jota y los que se dedicaron y se dedican a ella, por esta tierra, por el barrio en que crecimos que lleva el nombre de ese canto y esa danza. Pero siendo absolutamente sincero, a mí, muy por encima de todo esto, por lo que más me gustaría que este reconocimiento se consiguiera es por él, por Carmelo, por un chico del barrio, que persiguió sus sueños desde niño hasta el último día, a pesar de las adversidades de las que nunca me habló, pero que estoy seguro fueron muchas.


El barrio está triste y estoy triste yo. Están tristes muchos vecinos, que sé de buena tinta cuánto cariño le tuvieron. Y eso, creo yo, es lo mejor que uno se puede llevar de esta vida: El amor de los que te rodearon, sobre todo de tu familia y amigos, y el recuerdo y el cariño de los que te conocieron. Así que ve en paz, a seguir bailando donde tengas que ir esta vez, amigo Carmelo. Gracias por haberme permitido compartir tus sueños con los míos, ahí apoyados un rato en ese territorio mágico de la infancia, en cualquier esquina.

 
 
 

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