I LOVE NYC



El 24 de diciembre de 2003, a las ocho de la mañana, Susana y yo tomamos el metro en la parada de Steinway en Astoria (Queens) para ir a casarnos al ayuntamiento de New York. Siempre recordaré el cielo limpio y azul del amanecer de ese día y los primeros rayos anaranjados del Sol entrando por las ventanas de casa, selladas por una capa de hielo en sus bordes. El ayuntamiento está en el sur, justo a la altura del puente de Brooklyn, así que debíamos cruzar buena parte de Manhattan para llegar hasta allí y hacer todo el papeleo y casarnos antes de que cerraran al mediodía, ya que esa noche era noche buena y por la tarde los organismos oficiales estaban cerrados.


Cuando llevábamos aproximadamente veinte minutos en el metro, justo antes de llegar a la 42, o sea a la altura de Times Square, el metro se detuvo de repente en mitad de la oscuridad de uno de sus túneles. Al cabo de unos minutos los allí congregados en el interior del vagón atestado en plena hora punta comenzamos a mirarnos sin entender qué podía estar sucediendo. Hasta que de repente unas voces a través de los altavoces del vagón comenzaron a decir que mantuviéramos la tranquilidad, que había que evacuar el tren poco a poco y que siguiéramos las instrucciones que nos iban a dar a continuación. Se hizo un silencio sepulcral, hasta que otras voces se fueron acercando poco a poco, de vagón en vagón, dando indicaciones. De repente un policía enorme apareció al fondo entre la gente ordenando que todo el mundo debía ir avanzando lentamente a través de los vagones hacia la parte delantera del tren, diciendo que había habido un problema, que no nos preocupáramos, pero que había que hacerlo muy ordenadamente y en la más estricta calma.


Susana y yo nos levantamos de nuestro asiento y comenzamos a seguir a todo el mundo que muy despacio iba caminando en fila hacia adelante, iluminados tan solo con las luces tenues de emergencia del metro en mitad de la oscuridad de aquél túnel, que se hacía interminable, mientras a medida que avanzábamos el olor a humo se iba haciendo más y más penetrante; hasta que no hubo más remedio que tratar de respirar introduciendo la boca y la nariz en nuestros propios jerséis estirándolos hacia arriba. Todos íbamos caminando sin decir nada, en un silencio total, mientras a izquierda y derecha algunos de los viajeros permanecían sentados en sus asientos completamente paralizados con la mirada perdida y sin decir nada. Aquello me recordaba en algún modo a esas imágenes de los documentales donde las filas de judíos son conducidos a la cámara de gas.


No podría decir que sentimos miedo, Susana y yo estábamos ahí juntos, de repente detenidos en el camino de un día que debía haber sido tan fácil, alegre y emocionante, el día en que íbamos a casarnos después de un montón de años juntos. Pero no, no sentíamos miedo, ante lo inevitable no se siente miedo sino aceptación. Toda esa fila de sombras caminantes alrededor nuestro y nosotros mismos, en mitad de aquella semioscuridad, teníamos presente y completamente vivo el atentado a las torres gemelas que había sucedido tan solo dos años antes; nadie lo decía pero todo el mundo pensaba que estábamos ante otro atentado, esa extraña calma solo era posible cuando se acepta lo inevitable. Qué más se podía hacer en esa situación avanzando por la oscuridad de un túnel lleno de humo, entre una muchedumbre silenciosa de todas las razas y nacionalidades imaginables. Allí nadie era más que nadie, no quedaba otra cosa que seguir adelante, imaginando quien sabe qué nos íbamos a encontrar al final de ese negro camino por el interior del estrecho subsuelo de la ciudad. Los policías situados en el fondo de cada vagón iban gritando mientras tanto las indicaciones de calma y el humo se iba haciendo cada vez más insoportable a medida que íbamos avanzando de vagón en vagón.


De repente una señora a nuestro lado se echó a llorar diciendo que algo le había dicho esa mañana que no debía ir al Down Town, Susana y yo caminando de la mano, que pasara lo que tuviera que pasar, al menos estábamos juntos y así íbamos a estar siempre, terminara o no terminara todo en aquella mañana de navidad en las oscuras entrañas de nuestra querida ciudad de New York. Muy poco a poco entre el humo se fue adivinando la luz de la estación, de la 42, hasta que finalmente la mano de un policía nos fue ayudando a todos a ir saliendo de uno en uno del último vagón situado frente al andén, y por la estación llena de humo entre bomberos pertrechados con todo tipo de artilugios seguimos caminando siguiendo sus gestos e indicaciones, bomberos enormes ayudando a la gente a salir de entre el humo. Daba ganas de abrazar a cada uno de ellos, seguro que habían estado ayudando del mismo modo en las Torres Gemelas. Daba ganas de llorar de emoción.

Poco a poco, sin correr, con una calma que pocas veces en mi vida he sentido del mismo modo, Susana y yo llegamos hasta una puerta en el fondo por la que penetraba la luz de la mañana en la calle. Afuera todo ocurría de un modo maravillosamente normal, el tráfico, el sonido de la gente, de los coches, el olor dulce del aire, ese que solo existe en las calles de Manhattan. Los bomberos nos habían dicho un poco antes de la salida de la estación que era un incendio, que estuviéramos tranquilos, que siguiéramos adelante. Afuera la mañana estaba completamente nublada, llovía insistentemente, pero a pesar de eso la vista de Times Square se antojaba magnífica, como siempre, mucho más que siempre. Entonces todavía había tráfico rodado en las dos avenidas que allí se cruzan. En aquellos días Times Square aún estaba a mi gusto, sin peatonalizar.


Paramos un taxi ¡Al ayuntamiento por favor! ¿Disculpe, podría darse prisa? Hace una hermosa mañana, sí, seguimos vivos amor mío, y hoy por fin nos vamos a casar, aunque para ello tengamos que atravesar el mismo infierno.


Mariano Casanova

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