MI LUGAR DE TRABAJO


Ayer salí rumbo al monte por última vez antes del nuevo confinamiento. A uno de mis lugares de trabajo desde hace muchos años. Son varios lugares cerca de la ciudad donde acudo varias tardes a la semana, lugares sin ningún interés aparente, perdidos en la nada, en mitad de la tierra calcárea, donde parado ante el horizonte veo como cambia la luz hasta que llega la noche y las estrellas. A uno de esos lugares en el desierto que rodea Zaragoza acudí ayer. Ha sido el lugar más frecuentado por mí durante estos últimos cinco meses desde que acabó el confinamiento anterior por la pandemia, en el que tuvimos que mantenernos encerrados durante tres meses en casa. Esta vez se trata tan solo de un aislamiento de la ciudad, más liviano y llevadero. Pero ante el anuncio del cierre ayer a partir de la media noche tenía que regresar para despedirme de todo lo bueno que este lugar me ha dado, para despedirme de su atardecer y del planeta Marte que ha aparecido enorme desde el final de este verano que aún renquea, rojo sobre el horizonte justo tras de mí, cuando el sol se oculta tras la lejana silueta del Moncayo. Y sobre todo tenía que ir a despedirme de un amigo que viene a visitarme a ese lugar secreto cada tarde mientras toco la guitarra y voy desgranando los primeros esbozos de mis nuevas canciones. Mañana os hablaré un poco más de él, e incluso os mostraré unas imágenes suyas, quiero presentároslo ya que su nombre tendrá que estar entre las dedicatorias de mi futuro disco en solitario. Y es que este amigo inesperado es el único espectador, el único habitante de este planeta que me ha visto construir mis nuevas melodías. A él le debía una despedida como es debido, por si acaso. Y es que nadie sabe cuándo podremos volver a salir de la ciudad que comienza de nuevo a estar colapsada por el virus.

Llegué por la carretera al atardecer mientras escuchaba el último disco de “Yo La Tengo”, el magnífico grupo de Hoboken que sigo desde sus comienzos. Su música parecía hecha para el momento. Sobre Zaragoza atrás reinaba un claro de cielo por donde asomaba un sol pálido y hermoso mientras sobre mí un manto de nubes grises comenzaba a desenhebrarse al compás de los acordes lentos y cadenciosos que sonaban en el interior de mi vehículo. Al llegar a la entrada del camino apagué la música y abrí la ventana para escuchar el silencio de la tarde cálida para finales de octubre. Y por fin tras unos kilómetros adentrándome en el páramo llegue al lugar, mi lugar de trabajo. Un lugar del que durante estos próximos días en que no va a ser posible volver a salir a estos montes os iré mostrando algunas instantáneas. Se trata de algunas imágenes que yo mismo he tomado como recuerdo de estos últimos meses. Ha sido éste un verano y un comienzo de otoño inolvidable en que estoy comenzando a destilar los acordes finales de mi siguiente y cercano – espero – nuevo disco, tras siete años de trabajo, un pedazo de mi vida en forma de canciones. Por suerte y gracias al destino aún me mantengo en pie y no sé si cuerdo, como siempre.

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