ASFALTO


Sexto día. Era el otoño de 1978. Estábamos ensayando una tarde en el corral de casa de Alberto, en la calle de Los Caracoles, que acababan de convertir en un local cerrado anexo. Hacía frío, ya se había hecho de noche. Al acabar el verano, Javi Vilajuana, nuestro bateria, había tenido que abandonar el grupo Zen, acababa de entrar como aprendiz en un trabajo y eso le pareció incompatible a su familia con nuestra dedicación musical. En aquellos días se comenzaba a trabajar a los 14 años o se iba al instituto o a formación profesional. Así que allí estábamos tocando esa tarde Joaquin Martín en la percusión, Alberto Moliner al bajo, Jesús Serrano al órgano y yo, cuando de repente sonaron unos golpes en la puerta del local. Eran dos muchachos que no conocíamos ni habíamos visto nunca. Se presentaron, eran Antonio unos años mayor que nosotros y su hermano Nicol, de nuestra edad. Acababan de venir a vivir al barrio. Su familia se había trasladado desde Madrid. Ellos habían escuchado algunos días nuestros ensayos al pasar por la calle y habían decidido llamar a la puerta para conocernos ya que ellos también tocaban. Antonio, el mayor, era guitarrista y ya tenía planes para tocar con una orquesta y Nicol que era batería al día siguiente ya estaba ensayando con nosotros. Era un pedazo de batería increíble. Tan increíble como haberle encontrado en aquellos años en El Barrio así, de repente.

Esa siguiente navidad estrenamos la nueva formación con una actuación que organizamos en un local vacío de la calle Molino de las Armas y comenzamos con ambos hermanos una gran amistad. Tenían un montón de discos y entre ellos uno que nos impactó enormemente y se convirtió para nosotros en uno de los discos más entrañables de aquellos años. Era el primer disco de Asfalto que entonces acaba de editarse. Lo habían traído de Madrid, allí les habían conocido personalmente. Y ese disco se convirtió de ese modo en uno de los discos que más me marcó en mi vida. Emocionante desde la primera hasta la última canción pero muy por encima de todas “Dias de escuela” que aún hoy soy capaz de cantar desde la primera hasta la última de sus palabras.

Curiosamente al poco de editar este disco el grupo Asfalto se partió en dos y sus principales componentes, las dos voces y compositor, formaron el grupo Topo que unos meses después fuimos a ver actuar al pabellón de San José, que era el lugar donde se celebraban entonces los conciertos, un sitio que visto ahora sería algo así como un viejo granero de pueblo pero que entonces fue para mi como ir al Madison Square Garden. Si no recuerdo mal ese fue el primer concierto al que asistí en mi vida como espectador y pude escuchar en directo esas magníficas canciones que habían grabado como Asfalto hacía muy poco tiempo. Es curioso haber asistido como espectador a mi primer concierto de rock a los 14 años después de haber estado tocando encima del escenario ya unos cuantos. Desde el principio tuvimos la manía de hacer las cosas al revés y creo que es algo que se ha venido mantenido siempre a lo largo de mi vida. No es algo intencionado, es así y todo a medida que ha ido sucediendo -a mi parecer- ha sido el modo natural de hacer y de transcurrir. Qué gran disco y que gran recuerdo el de aquel concierto.

Estando en New York veinte años después, en 1999 o en el año 2000, ahora no estoy seguro, fuimos Distrito 14 a visitar un bar en la zona de Jackson Heights, para tratar el asunto sobre una posible actuación. Esa zona del barrio de Queens en aquellos años era muy conflictiva y había que ir con algo de cuidado si era de noche especialmente. El lugar estaba regentado por un español melómano que llevaba viviendo en New York toda su vida. Así que allí entablamos con él una larga y animada conversación sobre música y especialmente sobre aquellos discos españoles que habían sido más importantes para cada uno de nosotros, especialmente en nuestra niñez y adolescencia. Y cómo no en la conversación apareció este disco que a continuación este personaje dándose la vuelta extrajo entre los vinilos de su colección haciéndolo sonar. De repente, como un resorte que enderezara, que despejara de repente nuestros cuerpos al unísono; con la piel erizada y los ojos humedecidos y abiertos como platos, todos automáticamente nos pusimos a cantar y acompañar por lo bajo “Bien abrigado llegaba al colegio…”

Este disco que fue el inicio del llamado rock urbano en Madrid en 1978 sonaba veinte años después en las calles más oscuras de New York, en la gran urbe invernal, haciendo las delicias de un puñado de duros melenudos emocionados.

“Tras meses de navegar por un mar de limonada, llegamos aquí. Una isla de caramelo con montañas de turrón uh uh uh ríos de leche, cataratas de licor, bosques de fresas…”

Quién les iba a decir a esos niños que un día fuimos ¿Verdad?

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