Tocar en Arcusa


“De repente la oscuridad de la noche se vio interrumpida por un sinfín de pares de luces intermitentes en la autopista. Un frenazo brusco, un chirrido, incorporados de golpe todos en los asientos y conectadas nuestras luces de aviso para los que venían detrás, el atasco era monumental. Luego allí detenidos entre cientos de vehículos preguntándonos qué podía suceder, qué clase de accidente o barbaridad podríamos encontrarnos más adelante. Y tras un largo rato la gran caravana expectante inició su marcha, uno tras otro, muy lentamente, hasta que un par de kilómetros después apareció el sobrecogedor fondo de destellos anaranjados, azules, rojos, luces de focos blancos, luces de policía, quizá ambulancias, bomberos.

No alcanzamos a ver qué había ocurrido porque unas centenas de metros antes de llegar a la temida escena varios agentes desviaban la circulación hacia una carretera secundaria. Así que hacia ella dirigimos nuestra furgoneta cargada de instrumentos siguiendo a los que teníamos delante. Transcurrió rato y rato por aquella estrecha carretera sin perder de vista las luces de los demás vehículos. Pero cada vez éstos se iban distanciando más, hasta que sin saber por qué perdimos su rastro. La noche era oscura, muy oscura y al volver la vista atrás tampoco había nadie.

Nos habíamos perdido en aquel lugar entre montañas, curvas y bosques. En algún cruce habíamos elegido una dirección equivocada, pero sin saber hacia dónde ir ni hasta dónde regresar optamos por seguir hasta encontrar alguna señal que nos sirviera de guía. Pero nada, y el tiempo transcurría muy lento y nada, hasta que de improviso aparecieron algunas cabañas medio ocultas por la espesura de los árboles a los dos lados de la carretera, pero sin ninguna luz que hiciera presagiar su presencia, ninguna luz afuera ni tampoco dentro de ellas. Ralentizamos nuestra marcha, parecía un pueblo fantasma, olvidado del mundo, sin nadie a quien poder preguntar dónde estábamos.

Despacio, observando atentos a nuestro alrededor finalmente nos pareció divisar un ligero brillo unos doscientos metros más adelante tras un leve giro en la calzada. Y hacia allí nos dirigimos expectantes hasta que los faros iluminaron poco a poco el contorno de un cartel, un anuncio quizá que nos pudiera ayudar a situarnos, una referencia que seguir en nuestro mapa de papel, de los de antes. Pero a medida que nos íbamos acercando no podíamos creer lo que estaban leyendo nuestros ojos. Era el nombre de ese pueblo aparentemente perdido y abandonado cuyas primeras cabañas en las afueras acabábamos de descubrir, sí, estábamos leyendo bien, era Woodstock.

Habíamos llegado sin pretenderlo justo al lugar que treinta años antes, en un mes de agosto de 1969 cuando aún éramos muy niños, había dado su nombre al festival de rock más importante de la historia, no solo por los extraordinarios artistas que allí cerca, en una pradera de Bethel, se habían congregado, sino por lo que supuso en el espíritu de toda una generación. Y también para el espíritu de algunos de sus descendientes lejanos en el espacio y en el tiempo como nosotros, que allí estábamos frotándonos atónitos los ojos frente a aquel cartel en una noche de agosto de 1999, perdidos entre bosques a un par de horas de la ciudad de New York, cargados de sueños, instrumentos e ilusiones, venidos de muy lejos para sobrevivir, para salir adelante, para no morir jamás.”

– No hay que precipitarse, hay que esperar hasta el final, ten fe. Si a Woodstock acudieron cientos de miles de personas, les dije bromeando, yo confío en que a Arcusa vengan a verme al menos veinte o treinta.

– Pero es que igual hubiera sido mejor que lo hubieran programado en Aínsa ¿No te parece? ¿Quién va a venir a verte hasta aquí con esta carretera? ¿Ahora aún, pero de noche? ¿Quién va a hacer todo este camino?

Esto último venía conversando este sábado pasado por la tarde con la directora de mi sello discográfico y con mi road manager sentado atrás a bordo de nuestro viejo utilitario.

Nos dirigíamos a Arcusa, una pequeña localidad de 45 habitantes en el Sobrarbe aragonés a donde nos conducía una carretera hermosa, de esas que me gusta recorrer por puro placer pero que en efecto está llena de curvas. Estrecha y complicada parecía no ser un camino que invitara a acudir a un concierto como el que yo iba a celebrar esa noche, aunque se tratara nada más y nada menos que de la inauguración del XXVI Festival Castillo de Aínsa cuya costumbre es celebrarse en una localidad pequeña y recóndita de la zona donde difícilmente durante el resto del año puede celebrarse nada parecido a tan magno acontecimiento.

Así que algún paralelismo debió establecerse en mi mente entre este lugar y sus circunstancias aparentemente adversas con aquel sorprendente encuentro en la carretera vivido hace tantos años ya con Distrito 14, durante la gira en EEUU en el 99. Pero ni este relato emocionado al volante consiguió que mi mujer (mi directora de sello discográfico) y mi hijo de diez años (mi road manager) se tranquilizaran en demasía con respecto a las expectativas de público para esa noche.

Finalmente llegamos a Arcusa, al poco también llegaron los queridos músicos que me iban a acompañar junto con el técnico. Probamos sonido, cenamos al caer el sol y tras unos minutos de concentración solo en compañía de mi hijo me encaminé hacia el escenario donde me apresté a dar inicio al concierto. No era Woodstock en el 69 pero sí parte de mi pequeña historia en una inolvidable noche de verano de 2016.

Millones de gracias a todos los que vinisteis a verme, más de 200 personas. Pude sentir el respeto y la emoción. Mil gracias por llegar hasta allí. Muy contentos los organizadores me hicieron saber que fuisteis público llegado desde muchos lugares. Mil gracias para la organización del concierto entre los que están mis queridos Titiriteros de Binéfar a los que tanto admiro y con los que hemos tenido la oportunidad de convivir en su maravillosa Casa, Museo y Teatro de Títeres de Abizanda. Mil gracias a todos por escoger hacer la inauguración en un pueblo tan bello y apartado como Arcusa. Si algo me ensanchó el alma fue precisamente acudir a un sitio como éste. En mi recuerdo de hace muchos años hay muchos conciertos en pueblos así, algo que desgraciadamente se perdió y que yo soñaba con volver a hacer. Pues bien, este sábado pasado el sueño se cumplió.

Lo mejor, ver como el público responde. Creo que en todos los lugares, hasta en los más pequeños y apartados, se está empezando a echar en falta de verdad actos como éste. Mi ánimo a aquellos responsables políticos que como en Aínsa se preocupan por la gente, por todos, por sus necesidades. También la cultura, el arte, es una necesidad de primer orden. Fue un fin de semana inolvidable para mi familia, para mis músicos y técnicos y para mí. Sobre el concierto, las canciones, la emoción vivida en una plaza de pueblo de Aragón en una noche de verano, en una noche de ensueño… Eso queda en el recuerdo y en las palabras de otros que seguro lo saben contar mucho mejor que yo.

A todos ¡Gracias!

Mariano Casanova

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