LA GENERACIÓN DE LA ILUSIÓN

El 3 de Octubre de 1981 tenía yo 17 años recién cumplidos y la ilusión de mi vida era formar un grupo de rock. Ya había formado un primer grupo siendo prácticamente un niño, a los 12 años, junto a mis mejores amigos del barrio. Así que habíamos pasado directamente de nuestros juegos infantiles a recoger cartones por las calles para venderlos a peso y así, de este modo, habíamos podido comprar un par de bongós y unas rudimentarias pastillas electromagnéticas para hacer sonar nuestras guitarras españolas algo parecido a las eléctricas que escuchábamos en los discos.

Aquél primer grupo al que llamé “Zen” duró unos tres años. Fueron unos momentos imborrables. Siempre andábamos descubriéndonos unos a otros a aquellos grupos y artistas maravillosos de los 60 y 70, que pasaban a formar parte de mi lista de héroes particulares: Pink Floyd, Deep Purple, Santana, Rolling Stones, Tangerine Dream, Eric Clapton, David Bowie, Lou Reed… Una lista interminable que junto a mis grupos y artistas españoles preferidos de entonces - Triana, Asfalto, Miguel Ríos, Ramoncín, Leño, Topo, Paco de Lucía, Lole y Manuel… - fueron conformando, poco a poco, un altar de posters en mi habitación del que despedirme cada noche, antes de acostarme con el walkman prendido en mis oídos.

Todas las noches me dormía escuchando cassettes copiados con la música de aquellos enigmáticos y lejanos artistas que, sin embargo, sentía tan cerca cuando las luces se apagaban y quedaba solo ante ellos en mitad de la oscuridad. Cuánta fuerza me dieron para resistir las dificultades, las cosas malas de la vida, una atribulada vida de adolescente de barrio en el final de una ciudad dormida. Muchas veces pienso lo afortunados que fuimos. Entre nuestros juegos de niños un día la música vino, se quedó para siempre y nos hizo diferentes. Y nos dio una guía, una razón y quién sabe, quizá hasta nos salvó. Y aquél 3 de octubre de 1981 ya siendo unos jóvenes muchachos nos encaminó hasta el campo de fútbol de La Romareda.

Eran Fiestas del Pilar y hacía un par de años que con este motivo habían comenzado a celebrarse allí algunos conciertos que para nosotros – y para muchos – se habían convertido en una verdadera celebración. Y éste seguro que no iba a ser menos. Tocaban tres grupos: Uno desconocido para mi, “Los Rápidos”, otro “Lone Star”, a quienes escuchaba desde muy pequeño gracias a un single que tenía mi madre, aunque últimamente habían dado un giro hacia un rock mucho más potente que me gustaba muchísimo. Y el tercero, como cabeza de cartel, Kevin Ayers, al que solo conocía por el nombre y por haber escuchado anteriormente algo de Soft Machine, pero que venía precedido de una aureola –no sé si en realidad era así, o me la imaginaba yo– que me resultaba altísimamente atractiva.

Entramos al estadio, nos apostamos en las gradas. Entonces no se podía acceder hasta el escenario que quedaba a unas decenas de metros de distancia montado sobre el césped. El público quedaba separado por vallas, algo que ocurría entonces en todos los campos de fútbol españoles. Comenzó a anochecer. El ambiente era el mejor posible: Mucho público deseoso de escuchar, de pasarlo bien; la magia del ocaso, arriba, en el cielo frente a nosotros, mientras sonaba de fondo la música previa al concierto que, tras un apagón repentino de las luces que iluminaban las gradas, comenzó.

No recuerdo quién fue primero -han pasado muchos años- si Los Rápidos o Lone Star, pero los dos me gustaron mucho, especialmente Lone Star. Aunque de Los Rápidos me impresionó mucho su cantante, aquél desconocido Manolo García, que calentó el ambiente de modo indescriptible, encaramándose en la valla, provocando, irreductible, salvaje. Después, al terminar ellos, de nuevo música de fondo, las potentes luces blancas del campo encendidas iluminando la grada y un excitante tiempo de espera en el que los técnicos recolocaban amplificadores e instrumentos. Por fin se acercaba el momento de ver a Kevin Ayers. Y no sé cómo explicarlo, cómo ocurrió, pero se extendió de golpe un sentimiento general: Lo que estaba sucediendo y restaba por suceder en ese escenario aquella noche era algo demasiado especial para conseguir mantenernos a todos allí retenidos, encerrados tras esas vallas que nos hacían sentir lejos y encerrados.

Miré a mi derecha, miré a mi izquierda. La gente estaba puesta en pie con gran alboroto, sobretodo un grupo de hippies unos años mayores que nosotros, a los que conocíamos por verles en todos los conciertos. Nunca habíamos hablado con ellos. Pero siempre recordaré especialmente a dos: Uno alto y escuálido, con el pelo larguísimo y lacio y un chaleco de cuero sobre su piel blanquecina, casi transparente, al que años más tarde conocimos en persona y llamamos “El Predicador”. Y el otro, el que siempre llevaba un bombín. Con éste último, tiempo después, llegué a establecer cierta amistad. Creo que siempre nos profesamos mutua simpatía.

De repente, de un salto, allí estaban los dos, encaramados y desafiantes sobre la valla, gritando, animando a todos a seguirles al otro lado, al vedado, a lo prohibido. Y al poco allí estábamos cientos, dispuestos a saltar al campo también. Aquello era imparable. Arriba del todo, el primero, “El predicador”, que a pesar del esfuerzo de los guardias de seguridad por evitarlo, saltó al césped. Y tras él, el del bombín. Y tras ellos otros y otros, tratados de ser retenidos por los de seguridad, por la policía. Y allí nosotros después, arriba, subidos en lo alto de la valla, con un pie ya en el otro lado, a punto de dar el paso y saltar. Pero justo en ese mismo instante llegaron los gritos de júbilo desde atrás. Nos dimos la vuelta: Dos puertas que daban al campo, habían sido abiertas por la organización. Dos puertas que ante lo inevitable, se abrían al verde césped brillante, virginal, inmaculado.

Así que, bajándonos deprisa del enrejado, salimos, sí, salimos por una de aquellas dos puertas abiertas al campo saltando, corriendo, riendo ante la organización, la policía y “El Sursum Corda”. Con el sentimiento de haber conseguido una victoria, una libertad que hasta entonces nos había sido vedada. Sí, allí estábamos todos los que un rato antes estábamos encerrados llenando la grada, ahora libres, pisando -por primera vez en la historia- aquél césped reservado a las grandes gestas futbolísticas.

El concierto había sido detenido, solo se oía griterío y alguien que llamaba a la calma desde el micro del escenario. No sabíamos a ciencia cierta qué iba a pasar, pero nuestro sentimiento gritaba en nuestro pecho que lo habíamos conseguido. Y todo se calmó, todo acabó siendo como debía de ser. Entre todos llenamos apaciblemente el espacio frente al escenario, en el que por fin apareció Kevin Ayers y su banda. Desde las primeras notas estaba claro que aquél no iba a ser un concierto normal, ni por ellos, estimulados al máximo sin duda por todos los hechos que acababan de ocurrir, ni por todos nosotros al pie del escenario. Qué maravillosa visión, qué inolvidable sentimiento formar parte de aquella manada salvaje de desarrapados que unos instantes después de la conquista enfurecida, con la emoción en carne viva, se dejaban llevar y mecer por las canciones que hasta allí había traído Kevin Ayers, ese demonio con aspecto de príncipe encantado, que para siempre quedó grabado en mi alma y colocado en el altar de los grandes artistas de mi vida. Y no solo eso. Entre la gran banda de músicos que le acompañaba estaba quien se iba a convertir, desde ese día, en mi gran héroe de la guitarra, el mejor, el inigualable Ollie Halsall. Nunca en mi vida había visto “tan de cerca” un cantante ni un guitarrista como aquellos, tan entregados, tan intensos, tan elegantes.

Pero llegó el final del concierto. Recuerdo bien la emoción del momento, recuerdo a todos los allí reunidos gritando: ¡Otra! ¡Otra! ¡Otra! Y recuerdo a Kevin Ayers saltando al césped de repente por un lateral del escenario. Y cómo mi amigo Sevi y yo, asomándonos rápido tras los bafles del equipo, le vimos salir corriendo hacia atrás, intentando llegar a los lejanos vestuarios del campo, que ese día ejercían la función de camerinos. Pero tras unos cuantos pasos trastabillados, Kevin Ayers caía al suelo fulminado. Y entonces, como si un invisible resorte instantáneo hubiera movido a la vez nuestros culos, salimos corriendo hacia él; hacia su figura tendida en el césped oscuro; dejando a toda velocidad atrás la luz de los focos, el sonido de los bafles enfocados hacia las gradas, atrás el bullicio. Y en un instante estábamos ahí, sumidos en un repentino y extraño silencio, levantando del suelo a ese Dios de voz grave, sudoroso, vestido de blanco, rubio, con ojos claros, enrojecidos y desorbitados. Todavía recuerdo el tacto de su brazo delgado y tembloroso. Por fin le conseguimos poner en pie, mientras más gente se acercaba. Y a los pocos segundos, él se daba la vuelta y se marchaba caminando deprisa, solo, sin mirar atrás, hacia el túnel de vestuarios, de cuyo interior escapaba una tenue luz blanca, sucia, de fluorescente, fría... Para mí, éste fue el comienzo de los años 80.

Una década después, el miércoles 3 de junio de 1992 por la tarde, salí del estudio de grabación en Madrid -donde acababa de terminar la mezcla del disco “El Cielo lo Sabe” de Distrito 14- para irme a buscar a Ollie Hallsall. Quería transmitirle mi inmensa alegría. Por fin aquélla maqueta que él nos había producido artísticamente un año antes y que nos había conducido a firmar un contrato con EMI, estaba dando su fruto tangible; por fin nuestras ilusiones se estaban cumpliendo; por fin nuestras canciones sonarían en las emisoras y quizá, hasta saliéramos en alguno de aquellos programas musicales en televisión. Y sobre todo, quería contarle a Ollie que en el disco aparecerían algunas de las canciones originales donde él tocaba con nosotros. Porque para mí, él era parte fundamental de ese sueño.

El estudio estaba en Arturo Soria. No tenía yo demasiado tiempo, porque el Talgo para Zaragoza en el que debía regresar salía a las 9 o las 10 de la noche, no recuerdo bien. Pero tenía que encontrar a Ollie como fuera. No sabía nada de él. Una discrepancia artística con las mezclas de aquella maqueta que nos produjo y que acabé mezclando yo de nuevo, hizo que nos distanciáramos algo y hacía unos meses que no le veía. Él andaba en aquellos momentos viviendo en pensiones de mala muerte por el centro de Madrid. Y entonces no existían los teléfonos móviles.

No sabía cómo localizarle, así que me encaminé hacia los garitos que solíamos frecuentar juntos tiempo atrás, cercanos a la Gran Vía, como La Mala Fama. Estuve dando vueltas y más vueltas, preguntando por él en todos los lugares. Hacía días que nadie le había visto por allí. Pensé que a lo mejor estaba en Londres, o en Deià, preparando algo nuevo con Kevin Ayers. Se hacía tarde y tenía que marcharme para la estación. Llevaba toda la semana encerrado en el estudio pensando en verle: Tantos recuerdos junto a él, tantas cosas vividas juntos que darían para muchas páginas escritas. No solo fue la música, que siempre nos ofreció su mejor cara, a pesar de ligeras discrepancias. Sino también aquellas largas y apasionantes conversaciones: Impagables aprendizajes de aquél que había recorrido el mundo con su guitarra, acompañando a aquellos artistas que yo escuchaba años atrás en mis cassettes; aquél que era uno de los más grandes guitarristas que ha dado el Rock en toda su historia y que me había mostrado su respeto, su admiración, y hasta había tocado y grabado conmigo. Yo necesitaba verle, decirle: “Ollie, gracias querido amigo”. Pero no me quedaba más tiempo ese día. En la Gran Vía cogí un taxi a la estación de Chamartín y llegué a coger el tren “por los pelos”.

Tres horas más tarde llegué a la Estación del Portillo en Zaragoza. En unos minutos estaba en casa dejando la maleta y cogiendo las llaves del coche, un Dyan 6 de quinta o sexta mano magnífico, mi primer coche con radio. Y me encaminé hacia el “Z”, uno de los bares donde entonces solíamos reunirnos por las noches y me encontraría con mi grupo para celebrar el final del disco. Bajé a la calle, arranqué el coche y en unos minutos estaba enfilando mi lugar de destino, llevaba puesta Radio 3. Aparqué, había un sitio justo al lado de la puerta del bar. Y justo entonces escuché en la radio cantar una voz conocida, muy conocida y familiar para mí.

Era la voz de Kevin Ayers -el mismo que recogí del suelo en aquél concierto inolvidable hacía entonces 11 años- cantando como los ángeles a través de las ondas. No lo podía creer, qué casualidad, allí estaba sonando su voz junto a la maravillosa guitarra de Ollie. No salí del coche, nunca puedo dejar una canción que me gusta a medias. Terminó la canción y a continuación, seguida, sin presentaciones, otra más. Y esto de repente, me hizo sentir mal, muy mal, sentí el dolor profundo; sentí el sudor frío que recorría todo mi cuerpo; sentí hundirme en el asiento del coche y al poco, el locutor, bajando algo el volumen de la música, anunció -para mi desesperación- que Ollie Halsall, mi amigo Ollie, mi héroe de la guitarra, acababa de ser encontrado muerto por sobredosis de heroína en una pensión de Madrid, en la calle de La Amargura número 13. En ese momento justo terminaron para mí los años 80.

Habíamos compartido muchos momentos muy intensos, habíamos compartido la música, sí, pero también la vida, y con ella, algunos paseos por los sótanos más oscuros de aquel Madrid y aquella España feliz y colorida de los años 80. Sí, había un submundo, realmente duro y despiadado, oculto bajo el fulgurante estallido de músicas, fiestas y “movidas”, que fue ignorado con hipocresía y nos convirtió en la joven generación que -sin haber sufrido una guerra- más veces ha tenido que pasar por el cementerio. Para nosotros es habitual desde entonces encontrarnos allí en la desolación, entre deseos de buena suerte, mientras recordamos juntos en silencio tantos rostros, que quedarán en nuestra memoria jóvenes y bellos para siempre...

Unos días o semanas, o meses después de ese día 3 de junio de 1992, en que la mayor alegría se tornó en la mayor de las tristezas, iba yo conduciendo mi coche al medio día, por el Paseo Independencia. Al llegar a la altura de la Plaza Aragón había un gran atasco. Poco a poco llegué hasta el final del cuello de botella formado por los coches, dispuesto a encarar la Gran Vía para ir a casa, a la Calle del Carmen. Y ya estaba a punto de comenzar el giro a la plaza cuando, de repente, me llamó la atención una sonrisa, una mirada simpática y entrañable. Era del guardia municipal encargado de ordenar el tráfico -del que apenas me separaban unos metros- apostado allí, bajo su gorra y tras su gran bigote, ese gran bigote imposible de olvidar. Solo que ahora no le acompañaba aquél magnífico bombín de mis recuerdos de conciertos mágicos e inolvidables. Hacía años que no le había vuelto a ver. Sí, era él, el mismo con quien compartí un día, ya muy lejano, aquél asalto al césped verde e inmenso del estadio de nuestros grandes sueños hechos, o no hechos realidad; esos grandes sueños que, un día de octubre de 1981, hicieron que unos cuantos muchachos consiguieran que se abriese ante ellos algo mucho más alto y opresivo que una simple valla.

Él desde ahí, bajo su gorra azul. Yo con mis ojos vidriosos y aturdidos por el sol bajo mis gafas oscuras, al volante de un vehículo oxidado. Nos miramos, nos sonreímos, nos dijimos: “¡Hola querido amigo!”. Los dos habíamos coincidido en momentos de la vida que jamás podremos olvidar, momentos únicos, preciosos, emocionantes, momentos de maravillosa inocencia compartida por tantos y tantos; momentos increíbles que han marcado y marcarán para siempre nuestra existencia. Momentos únicos e irrepetibles, que no volverán.

Mariano Casanova

(Nov.2014)

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