Una Historia de Navidad


Era una mañana de 25 de diciembre como la de hoy, solo que con un sol blanco de invierno que inundaba todo en un éxtasis luminiscente que abarcaba cielo azul, tejados, fachadas, charcos y aceras de la calle donde nací. Una calle que en ese momento yo pisaba como si fuera una nueva calle que jamás hubiera conocido; una calle perteneciente a una nueva vida llena de nuevas emociones que me desbordaban más allá de la alegría, hasta alcanzar una sensación de plenitud indescriptible. Yo era un niño de 13 años entonces, un niño que, a pesar de no poder poner palabras a lo que en ese momento estaba sintiendo, acababa de encontrar cuál iba a ser la razón y el motor de su vida. Y eso sí… eso sí lo sabía.

Era temprano, demasiado temprano para un niño caminando solo por la calle en una mañana de día de Navidad. Nadie más que yo y sólo yo estaba. Ni siquiera estaba funcionando el carrusel que, para sorpresa de todos los vecinos, había sido instalado hacía tan solo unos días justo en la esquina donde una vieja fábrica de chocolates había sido derruida tiempo antes, pasando a convertirse en un solar vacío y lleno de escombros, tras unas tapias, que convertían el lugar en el perfecto territorio oculto a la mirada de los mayores. El lugar perfecto donde construir casetas y organizar bandas enfrentadas dispuestas a luchar y conquistar y jugar a ser héroes, como los de las películas.

Pues bien, unos días antes de aquella Navidad de 1977, habían llegado hasta allí unos hombres cargados de mecanismos y hierros, dispuestos a convertir aquella esquina abandonada, que tan solo era nuestra, en un lugar nuevo, lleno de luces de colores y de música estridente para niños pequeños. Algo que, a pesar de habernos robado parte de nuestro territorio inexpugnable, había dado una gran alegría al barrio en aquellos momentos en que, justo, se estaba consiguiendo escapar de una vida ruda y dura y de un pasado de terrores sentidos hasta el tuétano también por nosotros, los niños del barrio, sus pequeños habitantes. Y aunque aquellos de 1977 eran ya momentos de gloria, aún era gloria contenida. Porque hacía muy poco del silencio forzado en las casas en la noche, de labios sellados con miedo y de una España en blanco y negro. Pero aquella mañana blanca y maravillosa de Navidad un niño desbordado por la felicidad, con el pecho lleno de aire fresco y millones de hormigas en su estómago, no sabía si lo que veía y sentía a su alrededor era real o era un sueño mientras, paso a paso, se acercaba hasta la esquina del carrusel dormido; hasta el final de esa calle, la calle de los juegos, la calle del sol, la Calle de los Caracoles, que así se llamaba y hasta hoy así se llama. Y ese niño no podía poner palabras a sus desbordantes sentimientos, pero sí sonidos y silencios: El silencio de la calle, el silencio del barrio entero que apenas se desperezaba con el entrañable olor de las chimeneas, que dejaban exhalar su humo de madera recién encendida, proveniente de las estufas de leña carrasca. El silencio y el misterio, ese niño podía escuchar el misterio.

Pero en esa mañana el misterio no era el habitual, el atrayente misterio oscuro y lleno de extraños presagios, sino otro misterio nuevo para él: Un misterio mucho más potente e incomprensible, un misterio luminoso, bello, iridiscente. Y él podía sentir en ese momento esa belleza del misterio en su estado más puro, la más terrible belleza. Como si del descubrimiento repentino del rostro de un dios oculto e inimaginado se tratara; un dios de repente sentido y desconocido hasta entonces, pero intuido en aquellos momentos tras cada fachada, ventana, alero del tejado, gota de rocío, o reflejo en el agua salpicada en un bordillo por quién sabe qué, o quién, que hubiera pasado por allí hace un momento, u horas, o siglos.

Y aquél silencio lo inundaba todo menos sus pensamientos y recuerdos de la noche pasada, todo menos los aplausos aún sonando en sus oídos mientras, poco a poco, se iba acercando a esa esquina mágica del carrusel parado. Y de repente, en mitad de aquél solemne silencio de aquella mañana primera sonó la canción, aquella canción maravillosa que rompiendo bruscamente y sin piedad la calma del barrio silente sonó fuerte, muy fuerte, sobre calles y tejados somnolientos aún a pesar de los rayos del sol de la mañana. Aquél inolvidable sol y aquella canción que jamás pude olvidar y que siempre estará presente en mis más profundos sentimientos; una canción que ya conocía bien y sin embargo en ese momento parecía como si fuera escuchada por mi por primera vez en mi vida. Una canción que provenía del mismo lugar donde tantas veces la había escuchado: La sinfonola de los futbolines de barrio, los futbolines situados frente a mi calle. El lugar donde tanto tiempo pasábamos jugando y escuchando música, tanta buena música que no se cómo descubríamos y pedíamos con insistencia al dueño del local, para que la comprara y la colocara en aquella prodigiosa máquina de melodías.

Pero aquella mañana, aquella irrepetible mañana de Navidad, la música sonaba de otro modo, sonaba con cien mil matices hasta entonces no percibidos. Esa mañana, esa canción era “Sagrada”. Y aquellos mágicos acordes, que flotaban en el aire, eran el aliento de ese dios que observaba atento desde cada rincón de mi barrio, desde el interior de cada célula de mi cuerpo delgado y henchido de feliz e indescriptible delirio. Aquella canción era “Have a Cigar”, de Pink Floyd. La misma canción que hoy en la mañana del día de Navidad de 2013, muchos años después, me he puesto a todo volumen para comenzar a escribir estas palabras, como celebración, como homenaje a aquella mañana en que un niño de 13 años no podía discernir si estaba viviendo en la realidad, o si todo lo que estaba sintiendo era un sueño; un niño de 13 años que justo en la noche anterior, en la nochebuena, había tocado su guitarra junto a su primer grupo por primera vez sobre un escenario. El primer escenario de su vida, improvisado sobre las escaleras de la puerta de la iglesia de su barrio de La Jota. Aquél pequeño barrio que entonces daba sus primeros pasos.

El primer concierto de su vida ante unas decenas de vecinos que habían encendido una gran hoguera, allí mismo, para celebrar la nochebuena tras la cena y combatir el frío. Y que, a pesar del barro en las calles y de las penurias de aquellos tiempos sombríos, allí estaban, derrochando alegría e ilusión a flor de piel, todos, celebrando también porque los nuevos tiempos se veían cercanos, parecían llegar y parecía que los malos tiempos ya se habían vencido. Y aquellos hombres y mujeres y niños, aquél primer público, con el rostro enrojecido por el reflejo de las brasas, estaba feliz y celebraba con nuestras canciones algo que estaba mucho más allá de lo aparente, de lo previsto, de lo consciente, de lo aprendido. Aquél público y nosotros, sin saberlo, celebrábamos la llegada de algo que ninguno de los que estábamos allí, por lo visto, habíamos de verdad conocido; algo que nos habían robado a todos algún día de un oscuro pasado; algo de lo que todos los mayores hablaban entonces, pero algo que nosotros, sin embargo, los niños, siempre habíamos sentido, a pesar de todo, en nuestros juegos, en nuestra inocencia y en nuestro eterno presente bendito. Y ese algo era la libertad, la libertad que durante tantos años había faltado en nuestro país, ocupado por el furor de las armas y el terror y por todo lo que imaginarse pueda de un pasado oscuro, violento y tenebroso.

Pero ese niño, junto a su primer grupo de rock llamado Zen formado con sus amigos de juegos infantiles, había tocado su guitarra eléctrica en la noche pasada, sí, había tocado hasta reventar de ilusión. Y en ese momento de aquél primer paseo, de aquélla primera mañana de una nueva vida, recordaba con ojos brillantes de emoción cómo, casi al final de la última canción del primer concierto de su vida, se había roto la correa que sostenía aquella primera guitarra sobre su hombro frágil de niño. Pero él había seguido tocando, tocando hasta el final, sí, hasta el último acorde, sujetando a duras penas la guitarra sin que nadie lo notara, sin correa. Aquella primera correa rota que hacía unos minutos, antes de salir de casa y lanzarse a la mañana soleada de invierno, había dejado colgada en un estante de su pequeña habitación como muestra y testigo de que todo – la puerta de la iglesia, la hoguera, los vecinos, los aplausos, el concierto, su primer concierto – todo, absolutamente todo, había sido de verdad, había sido cierto; había sido el principio de un camino que hasta hoy, muchos años después, ese niño siempre ha seguido, como sea, a rastras si ha hecho falta, feliz la mayor parte de las veces, aunque otras con la sensación de estar completamente vencido.

Y hoy, en esta mañana lejana de aquellos momentos vividos, es momento de dar gracias a ese camino, a la música y también a la Navidad, por todo lo que me ha dado. Y daros gracias a vosotros, a los que en este camino encontré, por escucharme en un momento o en otro. La música y tan solo la música y aquella Navidad de 1977 hasta vosotros me acercó y hoy, sin duda, hasta vosotros de nuevo me ha conducido.

Mariano Casanova 25 de diciembre de 2013

P.D.

Ayer, tras la cena familiar de nochebuena, fui con mi hijo de 7 años hasta la puerta de la iglesia de aquél primer concierto de mi vida. Por el camino fui contándole que, desde entonces, todas las nochebuenas de madrugada he acudido, en secreto y solo, hasta ese lugar. Y desde una breve distancia, la mayor parte de las veces desde el interior de mi coche aparcado allí al lado, he estado allí un rato, cada nochebuena, mirando, observando, recordando y ofreciendo mi pequeño homenaje íntimo a aquélla noche y a aquellos niños que fuimos, a mis compañeros de aquél primer grupo de mi vida: a Alberto Moliner en el bajo, a Joaquín Martín en la percusión, a Javier Vilajuana en la batería y a Jesús Serrano en el teclado. Y siempre, cuando estoy ahí agazapado en las nochebuenas espiando la puerta de la iglesia, recuerdo la emoción y la ilusión con que preparamos aquél primer concierto durante meses, ensayando en casa de Alberto, en el corral, en un guariche guarecido del frío con plásticos, tocando con guantes de lana y de vez en cuando calentando nuestras manos con las brasas de la estufa que nos acercaba hasta esa guarida secreta la madre de Alberto, Maruja Santafé, la bondad hecha persona y la mejor cantante de jotas que – para mi – existe y ha existido.

Siempre, oculto en nochebuena, he observado en secreto esa puerta de la iglesia, ese escenario, faltando a esa cita solamente cuando no he estado en esa fecha en Zaragoza. Ese ha sido siempre mi secreto desvelado anoche a mi hijo, que ahora tiene 7 años. Y con él he ido hasta allí, por primera vez en mi vida acompañado, desde aquella nochebuena de 1977 lejana ya en los tiempos. Y ahí hemos estado él y yo, en esta noche pasada, cargada de emoción para mí como aquella primera vez. Y con él me he acercado, por primera vez abiertamente, en una noche como ésta, hasta las escaleras de la iglesia; y con él las he subido y me he colocado en el mismo lugar donde aquella vez toqué y se rompió mi correa. Y mi pequeño también ha subido y nos hemos hecho fotos el uno al otro.

Y la puerta de la iglesia estaba abierta a punto de recibir a los vecinos a la misa de gallo que aún no había comenzado, aún era pronto. Y con mi hijo he hecho algo que no había hecho desde niño. Como él y junto a él me he convertido en un niño de nuevo y hemos abierto la puerta de la iglesia y hemos entrado en ella. Tan solo había dos o tres personas. Al entrar nos hemos quitado nuestros gorros de lana. Los bancos de la iglesia, el espacio interior, me ha parecido mucho más pequeño que entonces y he recordado tantos recuerdos lejanos, junto a mi hijo, sintiendo su manita en la mía. Y nos hemos sentido unidos, muy unidos, en esta inesperada aventura para él, en el misterio, descubriendo juntos qué fue de aquél primer despertar al mundo de aquél otro niño que apenas había abandonado sus pantalones cortos en aquella mágica noche de 1977.

Y ahora, en esta mañana de Navidad de 2013, justo ahora en el momento en que siento que ya he escrito demasiado y llega la hora de despedirme de ti, amigo o amiga que estás leyendo estas líneas, viene a mi mente de repente una canción. Pertenece a un disco que escuchábamos sin parar justo en aquellos tiempos lejanos; una canción estremecedora perteneciente al único disco hecho por la primera formación del grupo madrileño llamado Asfalto. Inolvidable para mi aquél primer disco al completo, pero que especialmente contenía una canción realmente hermosa que sentíamos en nuestras tripas de un modo especial. Niños sí, pero capaces de detectar lo sublime y esta canción lo era. La canción se llamaba y se llama “Días de escuela” y me gustaría despedirme de vosotros citando los últimos versos de esa obra maestra que ha estado presente en mi memoria toda mi vida. Unos versos que hoy, especialmente, cobran un especial significado para mí y espero que también para vosotros. Espero que estéis teniendo una Feliz Navidad. Desde aquí mis mejores deseos para el futuro y especialmente mis deseos de paz. Que nunca jamás tengan que conocer nuestros hijos los episodios oscuros que conocieron nuestros mayores. Y a vosotros, amigos de otras latitudes que estáis viviendo momentos realmente complicados y violentos en vuestros países, a vosotros que vivís oprimidos y sin libertad y conseguís leerme a pesar de las restricciones, os envío especialmente este deseo de paz y libertad.

Allá van para despedirme los últimos versos de aquella canción inolvidable que entonces, de niños, escuchábamos y que jamás pude olvidar…

“Y ahora tú qué pensarás Si cuanto más me oprimían Más amé la libertad Y es a ti a quien canto hoy Enseña a tu hijo Enseña a tu hijo A amar la LIBERTAD”

Autor foto: Mi hijo (23:45 hrs del 24-12-2013)

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