Él lo merece


Tras la despedida de Distrito 14 hace ahora nueve años comencé a caminar, a caminar mucho por la ciudad, a pararme en las esquinas y observar y cantar en voz baja a mi grabadora a cualquier hora del día o de la noche. En aquellos momentos andábamos el director de cine Juanma Bajo Ulloa y yo viajando por el mundo, presentando la película “Historia de un Grupo de Rock” que él, mi admirado y querido amigo, dedicó a mi vida y a la de quienes me acompañaron en aquella larga aventura del grupo que acabábamos de dejar atrás para siempre.

Fueron dos años sin parar de acudir a Festivales Internacionales de Cine. Pero cada vez que regresábamos a casa yo paseaba y paseaba y escribía y componía lo que al cabo de siete años de trabajo terminó cobrando forma en mi primer disco en solitario “Al Final de la Ciudad Dormida”. Caminé, sí, me convertí en un caminante y así fui redescubriendo mi ciudad hasta volver a amarla tras haberla sentido durante tantos y tantos años como “tierra quemada”.

Y entre esas idas y venidas y reencuentros con mi casa; y en mitad de mis paseos enajenados por letras y acordes, muy de vez en cuando fui cruzándome con un viejo amigo, Javier Arnas, que también andaba de viaje en viaje y de regreso en regreso. Al parecer él también caminaba mucho y nuestros encuentros fortuitos fueron haciéndose cada vez más frecuentes en calles y rincones inesperados. Él, actor, director y profesor de teatro, escogió hace muchos años marchar de la ciudad; eligió la diáspora como tantos y tantos a lo largo de la historia del arte y la cultura zaragozana, siempre ha sido así.

Han sido muchos encuentros con Javier durante estos últimos años, muchas conversaciones, a veces durante horas parados frente a frente. Conversaciones urbanas a la par que yo daba forma a mi disco y caía en abismos de la vida difíciles de contar y que jamás le mostré. Y por lo que he sabido mucho después él lo mismo: Viajes, paseos y momentos muy duros y difíciles de superar, que en buena parte eran motivo de su presencia más frecuente aquí. Pero nuestra charla nunca trató sobre duras caídas, sino sobre mantenerse en pie, sobre nuestra pasión por la vida, por el arte, sobre nuestro trabajo diario, sobre música y teatro, sobre este tipo de profesiones deshilachadas a las que nos dedicamos, tan difíciles de entender - por lo que siempre he visto - para tantos.

Javier tenía verdadera ilusión por presentar algún día en nuestra ciudad una muestra de la labor que ha venido desarrollando durante tantos años muy lejos, en Zúrich, en México y en tantos otros sitios. Así que decidió estrenar aquí en Zaragoza - tras dieciséis años sin su presencia artística- una obra de gran altura, dirigida e interpretada sólo por él sobre el escenario. Sé bien que los dos últimos años los ha pasado trabajando durísimo en la preparación de este difícil proyecto. Hasta que hace unas semanas lo pude contemplar por fin realizado. Y además en un lugar por el que siento especial predilección: El Teatro de la Estación, un espacio artístico imprescindible donde se apuesta por el arte con mayúsculas, contra viento y marea si es necesario. Y pensé “Muy bien Javier, bienvenido a casa”.

Aquí en Zaragoza no vale de nada contar lo que has hecho o dejado de hacer allá, o más allá, si te han reconocido en Suiza o en México o donde sea, aquí somos así. Dirige y actúa amigo Javier, pensé, actúa y que el telón se cierre tras de ti y que la oscuridad se adueñe de todos y cada uno de los corazones espectadores. Y que nada más cruzar tu último destello en la frontera del proscenio se haga vivo el recuerdo para siempre, no de ti, no, sino de tu personaje, porque es a él al que vi desde el patio de butacas y no a ti, querido amigo. Y eso para un actor creo que debe de ser el más alto grado de consecución, el fin último, la conquista, la gloria infinita, el éxito al margen del más o menos público, que en este caso fue “el más” porque durante los tres días de presentación tuviste todo el posible; al margen del dinero, que de eso no sé; al margen del futuro que qué más da amigo, si solo somos “nada más que hoy” y mañana Dios dirá.

Bienvenido a casa querido Javier, bien venido a casa. Qué más se puede pedir. Solo decirte que espero verte otra vez por aquí: A ti por nuestras calles recobradas, pero sobre todo – y ya perdonarás amigo– quiero volver a ver de nuevo a ese personaje, a ese simio, a ese humano que de modo tan magistral interpretaste en tan magnífica obra. El público de esta ciudad tiene que volver a saber de él, tiene que acudir a verle de nuevo, él lo merece.

Mariano Casanova

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