LA ÚLTIMA CANCIÓN


En mi ánimo sólo estaba acudir a despedirme de mi lugar de trabajo en esa última tarde antes del confinamiento. Y despedirme del zorro que me acompañó con su presencia inesperada en tantos atardeceres. Coloqué mi silla en el lugar de costumbre, cogí mi guitarra y aún en pie dejé que la brisa hiciera sonar sus cuerdas a modo de despedida y grabé su sonido transformado en notas yendo y viniendo mientras el sol se acercaba a la línea del horizonte. Tras eso me senté a observar dejando vagar mis dedos por el mástil, libres, sin pensar, hasta que sin quererlo comenzó a brotar una canción. El zorro apareció al poco y dejándome llevar por una melodía inexistente hasta ese momento llegó la noche.

Como tantos y tantos días durante estos meses entre los confinamientos estuve allí después mucho rato bajo las estrellas sentado en mi silla. La canción quedó grabada en su esencia y me sentí enormemente agradecido. No esperaba que iba a hacer su aparición una nueva canción. Antes de marcharme por última vez fotografié mi silla sobre el llano, a la luz de la luna, con el lejano resplandor de la ciudad en el cielo al fondo. Me dispuse a regresar a ella, a Zaragoza, entré en el coche y antes de arrancar de repente vino a mi mente un arreglo para la melodía que había dejado grabada. Saqué de nuevo la guitarra de su funda, el micro, la grabadora y ahí mismo en mi asiento del coche grabé lo que sonaba en mi mente con los ojos cerrados en mitad de la oscuridad de la noche. Satisfecho abrí de nuevo los ojos y al ir a apagar la grabadora, a través del cristal del coche, vi unas luces destellantes entre los pinos, como si fueran fuegos artificiales, pero no, no lo eran. No podía creer lo que estaba sucediendo ante mí pero sí, era eso. Abrí la puerta del coche y corrí a toda velocidad hacia el llano para verlo mejor, pero ya había pasado. Estuve esperando unos minutos en la oscuridad del monte y de golpe comenzó de nuevo. De un foco suspendido de repente en lo alto, en el aire, como si fuera un faro de un coche a un par de kilómetros de distancia, salieron despedidos de par en par proyectiles incandescentes, de intenso color naranja, de fuego, que caían hacia el suelo. Tras eso una enorme explosión y el sonido de una ametralladora que no se si era la del helicóptero militar origen de los disparos, o era alguna ametralladora enorme que respondía a los proyectiles del helicóptero con un sonido estremecedor. Un sonido que no voy a olvidar durante el resto de mi vida.

Tras el sonido de las bombas y los proyectiles, al regresar de nuevo la oscuridad y el silencio, algunas aves rapaces dejaron escapar un grito desgarrador en mitad de la noche oscura que de repente se hizo de nuevo. Y yo me quedé allí sobrecogido y a la vez fascinado, esperando que el helicóptero regresara para poder verlo una vez más, de nuevo. Es difícil de explicar esa mezcla de temor e intensa atracción que sentí al mismo tiempo. Esa fascinación que seguramente surgió de esa parte de mi infancia que tanto disfrutaba jugando a los soldados que veía en las películas de la tele. Y a la vez el temor de la realidad, de haber estado allí mismo viendo y oyendo aquellos disparos en la profunda oscuridad, que los hacía muchísimo más cercanos de lo que seguro en realidad eran.

Mi lugar de trabajo es colindante con el campo de tiro militar de San Gregorio pero jamás en mi vida había visto ni sentido eso. En las últimas semanas si había observado de lejos al ir hacia allí, algunos movimientos, tiendas de campaña, vehículos militares y estaba claro que estaban de maniobras, pero no podía imaginar que algún día iba a poder ver eso como lo vi y como lo sentí, de lleno. De niño, desde el barrio, se escuchaban los cañonazos que llegaban desde la lejanía y entre los vecinos nos decíamos eso de ¡Ya están los militares! Conozco bien ese sonido pero nunca he escuchado en mi vida un sonido tan estremecedor como el que esa última noche escuché, un sonido y una visión que me hizo imaginar y casi sentir lo terrible que debe de ser una guerra.

Al ver y escuchar tan fuerte los disparos desde el helicóptero, sin nada que me separara de él salvo la oscuridad, por un momento llegué a sentir incluso el temor de que pudiera acercarse a mí y alcanzarme, o que pudiera escaparse uno de aquellos proyectiles. La razón me decía que no podía ser, pero aún así en algún instante esa posibilidad pasó por mi mente desde esos montes en donde quien sabe cuántos murieron no hace tantos años, en nuestra pasada guerra civil; en esos mismos montes en los que desde entonces apenas habrá cambiado nada: Los mismos árboles, los mismos páramos que ven pasar la vida sin medir el tiempo, sin cuadrículas, ni mapas ni planos que intenten explicar el lugar exacto en el que yo me encontraba en ese momento. Pues bien, al igual que para esa tierra agreste de lentos atardeceres, tampoco existirán nunca cuadriculas posibles, ni planos que puedan medir el alma humana, solo canciones, libros, poemas, que nos acerquen un poco, tan solo un poco, a su verdadera esencia, a su infinito, a su insondabilidad.

Ya no regresó más el helicóptero. No pude evitar pensar entonces en esas voces que trataban de comparar con una guerra el sacrificio de la población que tuvo que permanecer encerrada tres meses en sus casas a consecuencia de esta pandemia. No pude evitar entonces recordar a todas esas personas que anteponen su egoísmo sin mascarillas al terror - ese sí es comparable al de una guerra – de tantos miles de muertos y tantas familias destrozadas a causa de este maldito virus que nos rodea. No pude evitar pensar en tanto gilipollas y maleducado y mala gente, en definitiva en aquellos que no son capaces de anteponer a todo las medidas necesarias, para no poner en peligro la vida de los demás, algo que es tan sencillo de hacer y al alcance de todos. Y allí en mitad de la noche oscura no pude evitar la tristeza, una enorme tristeza. Y entonces caminé desde la mitad del campo en la noche levemente iluminada por la luna, hasta entrar de nuevo en mi coche y al volante de mi viejo compañero de batalla me dirigí a casa, justo antes de la media noche en que en la ciudad comenzaba un nuevo confinamiento.

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