EL DÍA QUE SOÑAMOS EN CHICAGO

Hoy hace exactamente 20 años que Distrito 14 tocamos en Chicago ante 7000 personas teloneando al grupo mexicano Jaguares. Siempre recordaré el momento en que nos enteramos que habíamos sido elegidos para estar ahí, en ese escenario increíble de la gran sala llamada Aragon Ballroom donde habían actuado los más grandes como los Rolling Stones o U2 por ejemplo. Siempre recordaré la felicidad exultante que nos transmitieron al contarnos la noticia nuestros amigos en Chicago, que se habían convertido en nuestros managers y valedores en aquella magnífica ciudad. En aquél momento en que sonó el teléfono con la gran buena nueva nos encontrábamos en New York y más concretamente en casa del pintor Teo González con quien estábamos trabajando en la traducción al inglés de algunas canciones que yo había compuesto recientemente y que precisamente habríamos de grabar finalmente en Chicago. No cabíamos en nosotros mismos de felicidad, íbamos a telonear al gran grupo al que admirábamos, al que llevábamos escuchando en nuestra furgoneta desde que habíamos puesto los pies en EE.UU, la realeza del rock mexicano que arrastraba multitudes a su paso.

Llegó el día, casi no pudimos probar sonido porque nuestro bajista Alberto Moliner había sido detenido por la policía por saltarse un stop, sin ningún peligro sí, pero allí estaba ojo avizor un agente que no atendía a razones y que lo quería llevar a comisaría, hasta que por el rabillo del ojo observó la furgoneta llena de instrumentos y preguntó a dónde se dirigía:

  • Al Aragon Ballroom, esta noche tocamos allí. Llegamos tarde a la prueba de sonido.

El policía en ese momento reaccionó con nerviosismo, debió decir algo así como que ustedes debían haberlo dicho antes y se olvidó de la multa, de la detención y animó a Alberto y a los amigos que le acompañaban a seguir deprisa adelante deseándoles la mejor de las suertes. EE.UU es el país donde ser músico de rock sirve como salvoconducto para dejar de estar detenido ipso facto y no para ser objeto de todo tipo de sospechas como ocurre en el nuestro. ¡Bien! Alberto llegó a tiempo para contarnos lo que había sucedido al resto que estábamos esperándole intranquilos por su tardanza. Y un rato después con nuestro productor Jack Letourneau en la mesa de sonido aquello sonó de maravilla y nos retiramos a esperar la hora de comenzar.

La emoción era enorme, al asomarnos por la ventana del camerino que daba a la calle no dábamos crédito a lo que estaba sucediendo, la fila para entrar al recinto rodeaba toda la manzana. La noche caía sobre Chicago, llegaba el momento, alguien de la organización se acercó para hablar conmigo y acompañándome hasta detrás de la cortina del escenario entreabrió ésta un poco para mostrarme el recinto completamente lleno de lo que parecía una auténtica explosión humana. En la parte central de aquella masa de miles de personas varios cientos giraban como si de un descomunal remolino se tratase, empujándose en una suerte de “Pogo Ancestral”, como en una danza desorbitada y salvaje mientras esperaban a que comenzase el concierto. Esta persona se volvió hacia mí entonces y con gesto muy serio me dijo que si ese público no respondía a nuestra actuación, si nos abucheaba o algo mucho peor, que no nos agobiáramos, ni respondiéramos de mala manera, que allí era normal, que ese público a quien había venido a ver era a Jaguares y que si las cosas no se ponían fáciles para nosotros lo mejor era que nos despidiéramos amablemente, nos diéramos la vuelta y desapareciéramos por donde habíamos venido.

Pero eso no logró amedrentarme, ni mucho menos, muy al contrario, me animó más todavía, fue un estímulo que aún hoy veinte años después recuerdo con extrema claridad. Regresé al camerino, todos mis compañeros estaban ya preparados para salir, Jack Letourneau estaba dispuesto en la mesa, me colgué la guitarra y juntos – como si fuéramos un equipo ante la final de un campeonato del mundo- penetramos en aquél inmenso escenario, que nada más sonar la primera de nuestras notas puedo jurar que se quedó pequeño. Cómo recuerdo las caras atónitas del público de las primeras filas, aquél público que - como si de un enorme y enigmático animal de cien mil ojos se tratara - comenzó a apaciguarse y tras la primera canción comenzó a aplaudir, a gritar entusiasmado acompañando nuestras sonrisas, que en ese momento eran de oreja a oreja. El enorme y atávico animal ya era el nuestro, nuestro querido público que durante una actuación de una hora nos acompañó y nos pidió bises y nos despidió con vítores tras la última canción de uno de los mejores conciertos de nuestra vida.

A partir de ese día nació una bella amistad con Jaguares, especialmente con su cantante Saúl Hernández, también con Marusa, su manager, una amistad que se ha mantenido hasta hoy y que será seguro así para siempre. Hemos coincidido desde entonces en unas cuantas ocasiones con ellos y así espero que siga ocurriendo. Nunca tendré suficientes palabras de agradecimiento hacia Jaguares (o Caifanes) y su equipo y hacia nuestros queridos amigos “Los Rudos” en Chicago, que tanto, tantísimo nos ayudaron. Millones de gracias a todos ellos por haber permitido que se hiciera realidad una de las noches más mágicas en nuestras vidas, aquella de la que hoy 1 de octubre de 2019 se cumplen veinte años.

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