EL DÍA DEL ECLIPSE


Hoy hace 20 años del eclipse. Acudí a eso del medio día a buscar a Susana en un descanso de su trabajo y nos acercamos los dos hasta la Plaza de España. Allí había bastante gente mirando al sol a través de pequeños cristales ahumados sujetos en sus manos. Nosotros estuvimos juntos un buen rato ahí parados en mitad de la calle, apreciando a nuestro alrededor un cambio en la luz que declinaba algo. Más que interesante y más que suficiente para sentir que era un día especial e inolvidable.

Unos meses atrás yo no sentía nada, un enorme vacío se había instalado en mi alma. Nunca antes me había sucedido algo así. Había tenido que dejar colgada mi guitarra, no podía tocarla más, teniendo que abandonar a mitad una gira de Distrito 14 en España que había acabado con toda mi energía, bueno, más que la gira en sí misma creo que la causa fue el constatar una semana tras otra, durante meses, la falta de interés por la música entre buena parte de aquellos a quienes más debería importar, que eran justo los que se lucraban con ella: Promotores, managers, radio fórmulas, dueños de salas y tugurios. Eso añadido a que un año antes habíamos recorrido California y Nevada actuando ante el reconocimiento general y que tan solo unos meses antes habíamos estado grabando un disco en directo en Santiago de Cuba en mitad del fervor del público santiaguero, creo que hizo mas dura la posterior caída a los infiernos de la realidad patria.

Miles de kilómetros de carretera española en pleno invierno jugándonos la vida sin dormir, con nieve, hielo, frío, mucho frío para nada, absolutamente para nada. Se suponía que esa gira era importante para dar a conocer más al grupo ¡Bah! Aquello era una auténtica basura de no ser por alguna gente realmente valiosa que nos encontramos por el camino y del público que venía a vernos enterándose de las actuaciones - no sé cómo - a pesar de la inexistente promoción en los medios por parte del manager que debía organizarla y de quienes debían llevarla a cabo en cada localidad que visitábamos, que a veces no se molestaban ni en pegar los carteles que previamente habíamos enviado. Y entonces no había móviles ni redes sociales. Aquella gira fue una auténtica mierda que causó estragos en mi ánimo, tras casi veinte años ya entonces de grupo a mis espaldas y a la espalda de alguno de mis compañeros.

Psicólogos, terapeutas, a los que hasta entonces nunca había visitado, fueron de gran ayuda para no caer en un estado de terror por miedo a la ausencia de cualquier tipo de sentimiento. Si bien es cierto que en todo momento tuve claro el único modo en que podía curarme de ese estado, en el que nada importa, ni lo bueno ni lo malo. Y es que en mitad de tanta oscuridad alcanzaba a vislumbrar un punto brillante, solo uno, que además podía parecer una auténtica ida de olla a cualquier profano de la música o de la psicología, pero que no lo era. Inexplicablemente ese único hilo de luz que me recordaba vagamente a un sentimiento provenía de New York, donde ni Susana ni yo habíamos estado jamás. Ese, ese era el lugar donde intentarlo por última vez, donde ponerme a prueba de una vez por todas, donde comprobar si toda mi vida había estado equivocado.

La fe en mí de Susana siempre ha sido inquebrantable, como pudo reunió algo de dinero y juntos marchamos a New York. Durante semanas perseguimos posibles pistas entre rascacielos, cemento, hierro y vapor, como perros desorientados rastreando en las esquinas el olor de las marcas de orín diluidas bajo la lluvia. Hasta que en un rincón de Queens, justo en el último minuto, se abrió de repente la pequeña puerta de una sala de actuaciones de la Calle Steinway. Atónitos, porque aquello estaba ocurriendo justo al final del viaje: Un pálpito al entrar, un presentimiento, un gesto de bienvenida y unas palabras que sonaban a gloria.

- “Aquí les esperamos cuando quieran, nos encanta su música”.

Y mi respuesta que aún sigue resonando en mi cabeza.

- “Aquí estaré con mi grupo dentro de dos meses máximo”.

Aunque en realidad no sabía en ese momento cómo “diablos” (por no decir otra cosa) íbamos a hacer para regresar hasta allí.

Y ahí estábamos dos meses después, Susana y yo, temblorosos, apenas dos imperceptibles sombras en el centro de Zaragoza bajo un enorme sol en penumbra, sabiendo que al día siguiente nos íbamos a separar durante quién sabe cuánto tiempo. Ella se quedaría en casa, en el trabajo de cada día y yo me iría muy lejos para atravesar una grieta llena de incertidumbre. Al día siguiente llegaría una dura despedida de la que dependía todo por lo que yo había luchado en mi vida. De nuevo había una esperanza, una ilusión de nuevo, de nuevo había un motivo por el que seguir colgándome la guitarra. Por fin iba a tener la oportunidad de volver a sentir y de comprobar si yo era de verdad lo que siempre había creído que era o no. Y en caso de encontrar la decepción, no sé, tirarme de cabeza desde el puente de Brooklyn podía ser una buena opción. De hecho recuerdo haberle dicho a Susana que prefería morir de un tiro o aplastado en el metro de New York, antes que seguir más tiempo en mi tierra rodeado de aquella permanente sensación de hastío y detención.

Me sentía como un torero en Noruega o como un dinosaurio a punto de ser extinguido, aplastado entre la imposibilidad del dinero para pagar por poder salir en las radios privadas nacionales y la plaga del indie español en los medios públicos. Recuerdo algunos programas en la radio pública que eran puras fábricas de snobismo cutre. Recuerdo cómo aquellos locutores y periodistas musicales con criterio contrastado durante años, que yo había seguido desde siempre, iban siendo arrinconados poco a poco por la presencia de nuevos locutores-estrella de las ondas, llenos de ansiedad constante y diaria por descubrir algo maravilloso donde no había nada más que amateurismo y un modo de concebir la música tan alejado de aquél jugárselo "a todo o nada", con el que yo había crecido. Ante mis ojos observaba atónito cómo se iba desmontando poco a poco desde los medios el valor de aquél modo de entender la vida que había aprendido desde niño de artistas como Miguel Ríos, Triana, Lole y Manuel o Paco de Lucía por ejemplo, o más tarde Antonio Vega, Los Secretos o Santiago Auserón. Y de repente me encontraba escuchando en la radio (presentado como si hubiera llegado el santo advenimiento) todo aquello que me daba tanta vergüenza ajena, con letras que hablaban de comer unas fresas en el Vip´s, o sandeces aún peores. Y lo que aún es más lacerante, presentadas como si aquello tuviera una dimensión intelectual que yo no alcanzaba a vislumbrar por ningún lado.

Entiendo que debe haber lugar para todo, que todo es digno y que todo tiene que tener su espacio y su oportunidad, pero es que no había lugar para nada más, todo lo demás era demodé. Yo no podía entender aquello, pero estaba claro que ya entonces, hace 20 años, era demasiado viejo para la música española y lo lógico hubiera sido que estuviera retirado dedicándome a otra cosa. Sin duda estaba fuera de lugar. Y lo que era peor, fuera de control. Vivía en una constante náusea, necesitaba ponerme urgentemente a prueba en el lugar con más verdad que pudiera existir en el mundo, el más difícil, donde estuvieran los mejores. Y eso debía ser New York ¿No es cierto? Eso es lo que sentía yo, lo único que podía sentir mejor dicho. Y más que nunca tenía que seguir como fuera el camino al que me conducía ese sentimiento.

Sí, maravilloso, la vida hacía su aparición de nuevo en escena. Al día siguiente iba a irme por fin junto a mi grupo allí donde podía existir una nueva oportunidad para nosotros. Aunque Nueva York no era California, donde ya habíamos comprobado tiempo antes que la música hispana tenía mucho peso y donde reinaban entre los gustos del público y de los medios artistas que admirábamos profundamente, como Jaguares, Gustavo Cerati, Los Fabulosos Cadillacs o Aterciopelados por ejemplo. Pero a pesar de ese camino que en parte ya habíamos recorrido en la Costa Oeste y que nos hubiera facilitado algo más las cosas a la hora de reemprenderlo, yo había sentido que debíamos ir a New York y así íbamos a hacer. Y ahí estábamos Susana y yo, entre el resto de los viandantes estupefactos sosteniendo en sus manos cristales ahumados, con sus miradas puestas en lo alto ante el fenómeno celestial.

Pero nuestros sentimientos terráqueos, bien abajo, eran un volcán bajo el efecto de una anestesia forzosa. Y ahí estábamos como si no pasara nada, situados en el borde mismo de un abismo, ante la tristeza del adiós. Yo sabía que lo que más deseaba Susana era poder compartir conmigo esa lucha, ese destino, pero no podía ser y lo íbamos a tener que vivir desde la distancia. Aquello no iba a ser fácil para mí, pero mucho menos para ella. Parecíamos fuertes, pero todo giraba a nuestro alrededor como esos platos que sobre palillos chinos un malabarista apenas alcanza a mantener sin que se hagan añicos, corriendo de un lado hacia otro sin parar. Todo era tan frágil.

Y había algo más, algo muy importante, muy duro y desgarrador, algo que los dos apenas hablamos porque el momento era el que era: Esa misma tarde fuimos juntos para poder despedirme de un gran amigo de la familia de Susana, muy querido por ella desde niña y también por mí desde que le conocí, Emilio, una persona adorable. Él estaba en el hospital, él no sabía aún a ciencia cierta de su mal y yo no sabía si a mi regreso encontraría de nuevo su entrañable sonrisa, o si se habría marchado ya hacia ese otro viaje para el que no existe camino de vuelta. Siempre recordaré su despedida emocionada, siempre sentiré sus mejores deseos, siempre estará en nuestra memoria y en nuestro corazón ¿Verdad Susana?

Al día siguiente, el 12 de agosto de 1999, tras la madrugada de las Perseidas, Distrito 14 llegamos a New York cargados de sueños y sin un dólar en el bolsillo, solo con una noche de hotel pagada y una aventura por vivir que marcó para bien y para siempre mi vida.

Mariano Casanova

(El vídeo clip con el que acompaño - abajo - el final de este texto es de la canción “Soñando Otra Vez”, grabada en directo por Distrito 14 en el Monasterio de Veruela (Zaragoza) unos años después como homenaje a lo vivido en EE.UU. Ilustrado con imágenes de aquellas giras americanas. Quiero dedicarlo a la memoria de Emilio Aracil y a su familia. Y sea también en memoria de Pilar Madueño y Víctor Miranda, en mi recuerdo (y en las imágenes del documental que hicimos para la ocasión) permanece imborrable la presencia de ambos entre el público de aquél concierto inolvidable en Veruela. Actuar aquél día en tan sobrecogedor escenario fue muy importante en mi vida y me atrevería a afirmar que también en la de mis compañeros a quienes quiero también hacer partícipes de este recuerdo.

También quiero compartir la emoción de un día como hoy, 20 años después, con Susana y con nuestro hijo y también con aquellos buenos amigos que nos ayudaron en la aventura americana, fundamentales para que aquella singladura hacia desconocidas y posibles amenazas y tempestades llegara a buen puerto. Entre ellos comenzaré por agradecer a Ferran Molero, sin su sabia labor desde España y su apoyo emocional nada habría sido posible. Y cómo no, en EE.UU a Monica Ferro, Janet Dominguez, Rita Abad, Jorge Garcia, “Los Rudos”, America Maldonado, Jesús Giraldo, Oscar Lagos y familia, Marusa Reyes, Tomas Cookman, Isaac Guzmán, Gustavo Fernandez, Xavier Gustavo Campos, Fer Fazzari, Enrique Lavin, Enrique Blanc, Emilio Morales, Maria Madrigal, Alicia Monsalve, Judith Torrea, Lidia Cortina, Teo González, Earl McGrath, Jack LeTourneau, además de una larga lista a los que seguramente llegará este mensaje. Sería muy extenso nombraros a todos, disculpadme, de todos me acuerdo.

Pude volver a sentir, aprendí mucho de todo lo vivido en aquella enorme aventura, de todos vosotros. Fue una gran fortuna.)

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